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         A la hora de ponerme a escribir nunca me ha asustado el enfrentarme al papel en blanco, normalmente porque antes, en la cabeza, con un lápiz invisible le he dado vueltas a las ideas. El papel me sirve para dar forma a ese batiburrillo de palabras que circulan por los huecos de mis neuronas y colocarlas de una manera lógica y agradable de expresar las ideas. A veces empiezo intentando plasmar sólo unas líneas pero finalmente acaban transformadas en varios folios.            

        Pero ¿qué es lo que inspira un escrito? ¿dónde están esas musas? Lo complicado y emocionante, a la vez, es que no se pueden controlar. Se esconden cuando las buscamos y surgen cuando menos lo esperamos. De un granito puede surgir la mayor de las obras maestras y tras un gran desarrollo podemos toparnos con una inmensa pared que impide cualquier avance.             

        Una foto, una palabra, una conversación, una lectura, un suceso, un pensamiento, son algunas de esas musas necesarias para realizar cualquier texto con cierta enjundia. Pero hay una musa que suele estar por encima de todas ellas es el de esa persona que, un día, nos trastoca positivamente las emociones dotándonos de una sensibilidad extrema capaz de escribir las mejores páginas de nuestra vida. El que es capaz de enhebrar esas páginas es sin duda un ser afortunado pero casi más que por lo que escribe por lo que durante ese tiempo ha sido capaz de sentir. ¡Ese sí que ha conocido a una verdadera musa!