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          Todos estamos convencidos de la importancia de los ordenadores por lo que simplifican y facilitan el trabajo, aunque a veces gastan malas pasadas, como ocurrió esta mañana en el autobús en que tuve que viajar para acudir a una ciudad próxima a una reunión. El conductor ya iba diciendo que el día anterior lo habían avisado urgentemente para hacer ese trayecto del que no tenía ni idea. Lo que no dijo es que tampoco sabía usar la máquina expendedora de billetes.

           Así que llegamos a la primera parada, intenta sacar el primer billete a un joven que observa pacientemente las inútiles maniobras con la máquina. Finalmente, desesperado, le dice al joven y a las ocho personas que le siguen que pasen, que hoy viajan gratis. Y así en todas las paradas hasta llegar a destino, todos los que subían ponían cara de sorpresa que mudaba en una amplia sonrisa cuando veía que empezaban bien la mañana al ahorrarse unos cuantos euros. De los casi cuarenta que viajamos fui, entonces, de los únicos que pagó su billete.

         A la vuelta estaba expectante por si me tocaba aquel jacarandoso conductor, pero mi gozo en un pozo ya que el conductor que me tocó manejaba la máquina de billetes con la habilidad de un verdadero experto.