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      No me voy a referir a aquel crucero en el que hace ya muchos años atravesábamos los mares a través de la televisión, sino a un grupo de gente, de no ser que recóndito lugar de secano, que debe gustarle eso de vacacionar junto al mar y se han pasado el verano en una casa de planta baja en mi misma calle.

      He dicho lo de un grupo pero debería decir, mas bien, muchedumbre  porque han sido incontables, a lo largo del verano puede que hayan pasado un total  de unas ochenta personas por tan menguado hogar. Ese centro de la casa que en muchos sitios es la televisión aquí se sustituyó por una piscina hinchable que les ocupaba todo el patio. Piscina que es como si estuviera en mitad de la calle pues su vista se disimulaba levemente por unos paneles a baja altura. Siempre había gente en la piscina, yo diría que entraban por riguroso turno, y sus chapoteos y salpicones retumbaban en toda la calle. Desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la noche el plof-plof animaba nuestra vida diaria. Nunca se podía ver la superficie libre porque del agua siempre asomaba cabezas de variadas edades y pelajes. Un día, incluso, vino un camión cisterna que atravesado en la calle se dedicó a llenar la piscina, no me extrañó que con tantas salpicaduras se les hubiera vaciado.

      El segundo punto en torno al cual se situaban aquel variado conjunto de personajes era una mesa grande situada no lejos de la piscina y cubierta con un techo que les protegía de las inclemencias del tiempo. Era una mesa multiuso en torno a la cual se reunían como lo hacen los sioux en torno al fuego. Allí comían odorantes y grasientos guisos cuyos aromas  atravesaban ventanas vecinas para confundir a las comidas de otras cocinas. Entre plato y plato aderezaban sonoras carcajadas que formaban olas en el agua de la piscina en largas sobremesas de postres, café y pasteles que se prolongaban, sin solución de continuidad en una merienda.Cuando la mesa quedaba libre de migas de todo tipo, venía el momento del gran vicio de aquel grupo de veraneantes apretujados: el bingo. Los gritos, no precisamente de los niños de San Idelfonso, avisaban a toda la calle del número que salía y tras esto el mayor o menor jolgorio nos avisaba de quien era el afortunad@ y así durante horas sin fin, en que entre bola y bola sólo se oían gritos y ploffs.

      El tercer punto estaba situado en el interior de la casa, ahí si había una gran televisión delante de un sofá, también permanentemente ocupado, que estaba encendido las veinticuatro horas. El volumen estaba suficientemente fuerte para que todos pudieran seguir el programa del tomate: los del bingo, los de la piscina, los niños que gritaban y se movían a toda velocidad entre los tres puntos y todos los vecinos de la calle.

       Hoy he pasado por allí delante y me ha resultado extraño contemplar la soledad y el silencio de esa casa, tras los dos meses y medio que ha estado adornada de gente, olores, gritos y ruidos. Curiosa forma de veranear, es más estoy seguro de que, a pesar, de estar tan cerca del mar ni siquiera se acercaron a verlo. ¿Para qué, si tenían todo lo necesario para ser feliz en aquel escueto recinto?