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     Al salir a la calle vi el cielo acostumbradamente azul con caprichosos dibujos de algodón blanco que griseando dieron lugar a ráfagas de gotas de lluvia que agradaban y sorprendían, sobre todo, por el tiempo que hacía que no la veía. El olor a naturaleza húmeda empapó el ambiente y la tierra, grumosa de sed, abría alegre sus entrañas para dejarse acariciar por lo que sería para ella agua de vida. La habitual sensación sudorosa de los últimos meses sobre mi cuerpo, dejaba paso a un abrazo frío y revitalizante que abrazaba mi piel. Las ramas de las árboles inician su decadencia y los más osados se van desnudando, como en un sensual streep-tease, de sus hojas pardas dejando al descubierto los secretos de su tronco. El aire juguetón mece, en bailes sin fin, esas hojas que alfombran la calle y crujen bajo el sonido de botas con olores a nuevo o naftalina. Y las pieles vergonzosas se ocultan bajo varias capas de telas y pierden su color, intentando en su blancura semejarse a esa nieve que se anuncia.

     El otoño ha llegado y para recibirlo voy a mi armario y busco la mejor de mis sonrisas para indicarle que estoy feliz de que haya llegado.