20060927071751-ojo.jpg

           Hay veces que las musas caprichosas y juguetonas, sin saber muy bien por qué, vuelven a temas anteriores y, en esta ocasión, incide sobre la segunda parte de un post escrito en diciembre:

            Y desde aquel momento aquel hombre y esa  mujer, que se habían conocido enfrentando sus lánguidos iris, iniciaron parejos el camino en aquella noche oscura con destino a un mutuo amanecer. La noche se cargó de ilusiones y aquellos cuatro ojos chisporrotearon como luciérnagas danzarinas de siete velos. Aquella acogedora intimidad se llenó de confidencias, de guiños cómplices que las pestañas creaban con movimientos alegres y de sonrisas que rasgaban el silencio al mudar en carcajadas. 

           La madrugada extendió su manto sobre nuestra, ahora, luminosa pareja. Y los minutos entrelazados, sin límites determinados, fueron fundiéndose en eternidad. No comieron y nada bebieron porque sus miradas, caricias y besos bastaban para saciar la mayor de sus necesidades. Lo único capaz de apuñalar a la soledad, el amor, los invadía.

 

            Pero a pesar de ese mutuo gozo, las agujas del reloj, cada una a su peculiar velocidad, siguieron sus giros invisibles en el espacio y la negrura del cielo a espaldas de él empezó a ser devorada por los primeros rayos del amanecer. El  no fue consciente de ello hasta que notó que la suave mano que sostenía entre las suyas se iba reblandeciendo como quien pierde atención. Y mirando los ojos de la mujer vio que, ahora, no lo miraban, se lanzaban más allá de él al creciente sol que empezaba a caldear su espalda.

 

            Compréndeme, le dijo ella. Un sí, contrito con la cabeza, fue lo único que fue capaz de responderle. Y mientras ella se alejaba en dirección al sol, el hombre se alejó bajo la sombra alargada, pintada en negro sobre el suelo, que aquél creaba al incidir sobre las turgencias de ella. Y se dio cuenta de lo efímero que son los ojos alegres, cuando notó que sus ojos volvían a estar tristes, y esta vez, más tristes que nunca.