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         Ayer empezó el mes de octubre, el mes que más me gusta de todo el año y, que por ello, procuro saborear de una manera especial antes de que lleguen esas festividades en que se recuerdan, especialmente, a los difuntos.

         Al empezar este primero de mes, no sé por qué, me he acordado de esa frase hecha que, a aquellos que nuestros padres sufrieron el hambre de la postguerra, nos decían en nuestra infancia. En aquella época, donde la recuperación económica iba a paso lento, no existía esa “magia” producida por el dinero y que hace que cuando nuestros hijos necesitan algo automáticamente lo tengan. En aquellos años, sin embargo, la magia era diferente sólo tenía unos días concretos. Así cuando los frecuentes estirones asomaban mis delgadas piernas más de la cuenta se procedía a estirar los dobladillos de los pantalones, hasta que se agotaban. En aquel momento yo pedía unos pantalones nuevos, no tenía, al ser el mayor, la “ventaja” del resto de mis hermanos que heredaban los míos. Entonces es cuando me decían, que tendría que esperar un poco, “a primeros de mes”. Y, efectivamente, como si fuera una fecha mágica acudía con mi madre a una tienda de confección donde lo normal era pagar la ropa “a poquito a poco” y yo salía con mis flamantes pantalones con el dobladillo de reserva para futuros alargamientos. Sí, me acuerdo de aquella magia de los “primeros de mes” pero sobre todo la verdadera magia, de la que no fui consciente hasta años después, que desarrollaban mis padres para con un solo sueldo sacar adelante una familia de once miembros.