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            Cuando la vida nos conduce a vivir por distintos territorios, donde los amaneceres son diferentes, la gente sonríe por otros motivos y se despiertan a horas diferentes, los campos tienen distinto color, el agua otro sabor y el aire sopla con desiguales matices,… al marchar uno se lleva a sus espaldas un bagaje de personas, rincones y experiencias que hacen que irremisiblemente se vayan comparando unos lugares a otros. 

            Y así hay lugares que quedan en el recuerdo oscurecidos tras unos tenebrosos visillos y a los que se preferiría olvidar. Otros en vez de pasar por ellos pasan por nosotros flemáticos, envueltos en una asepsia que los convierte en invisibles. Otros, al fin, nos deslumbran y el día que los percibimos parece que, como israelitas tras el desierto, hubiéramos llegado a la tierra prometida. Y como si nuestro corazón tuviera un arado, araña esa tierra, removiéndola, y sacando de ella lo mejor que tiene en una experiencia que nos lanza, incluso, hasta el final de nuestra existencia llevándonos a pensar que nos alegraría, en ese día postrero, descansar en su interior.

             Pero el dinamismo de nuestra existencia nos aleja de esa tierra y, desde entonces, aunque la veamos desde la distancia, la memoria se encarga de mimarla a partir de nuestros mejores recuerdos sobre ella. Y enterrados en ella se dejan trozos del propio corazón, con la secreta esperanza y la firme promesa de, algún día, volver a recogerlos.