May se miró en el espejo mientras cubría su cuerpo desnudo con la camiseta que acababa de comprarse. Una camiseta blanca rotulada con letras negras: NO ME VUELVO A ENAMORAR.  Le gustó el reflejo de sus muslos morenos contrastando con la blancura de la camiseta.

 

            Al sentir el tacto del algodón sobre su piel mil recientes emociones despertaron en su interior. Nunca pensó que mediada la cuarentena podría revivir sentimientos adolescentes que aquel encuentro meramente azaroso con Raúl iba a devenir en un enganche tal por su persona. Raúl fue capaz de descorcharle su corazón del que surgió en cataratas emociones hibernadas que pensaba ya muertas. Y juntos volaron sobre las nubes y, en la noche, se columpiaron en las estrellas. May se sintió la mujer más feliz del mundo y, en el fondo, culpable de volver a vivir lo que algunos llaman amor. Cada minuto de su existencia era pura vida y, sobre todo, cuando se encontraba con él se veía en un mundo engalanado por brotes de felicidad. Se sentía pletórica al sentirse de nuevo deseada, admirada,…pero sobre todo querida. Era como si Raúl, a modo de un hábil escultor, la hubiera cogido entre sus brazos y hubiera conseguido moldear lo mejor de sí misma, esa parte de ella que no parecía, ni siquiera, pertenecer a este mundo.

 

            No supo que el tiempo que duró, le pareció sólo un instante, hasta que fue consciente de que por aquellos poros abiertos comenzaba a entrar un aire gélido, de que aquella piel que había dejado al descubierto era lastimada hasta por la brisa. De aquellos encuentros cotidianamente anhelados, empezaron a brotar amagos de celos, frustraciones ocultas y querencias mal entendidas que terminaban en tristes adioses que le amargaban el dulzor de los comienzos. Aquel gozo inenarrable se tornó en dolor y decidió que era la hora, si alguna vez es buena hora para despedirse, de decir adiós.

 

            Sus ojos se rasgaron en lágrimas y giró la cabeza, y con ella todo su cuerpo, a lo que había estado viviendo. Raúl, muy a su pesar, se convirtió en personaje histórico y fue, entonces, cuando decidió comprar esa camiseta que ahora acariciaba sus hombros. Había vivido con intensidad, algo suyo había muerto pero debía seguir viviendo. Salió a la terraza,  y aspiró el olor a humedad. Unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro y abriendo los brazos dejó que su camiseta se empapara y vio como sorprendentemente el agua caída emborronó el NO que acabó borrándose.  Un hombre alto pasó por debajo y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Ella tembló y mientras veía como desaparecía aquel hombre en la oscuridad de la noche, se quitó la camiseta del NO emborronado y la lanzó a la calle. Dejó que su cuerpo desnudo se envolviera en las gotas de la lluvia que lamieron toda su piel. Ella se sintió bien y esbozó una amplia sonrisa.