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         Hace un par de días el acudir a una reunión en otra ciudad me obligó a levantarme a las cinco y media de la mañana. Doce horas más tarde tras una intensa jornada laboral volvía en el autobús de vuelta. El cansancio fue relajando mis músculos y aquel cimbreo, nada compasivo, del autobús me hizo caer en un dulce sopor.

         Cuando desperté acariciado por el sol de media tarde que entraba a través de la ventanilla, me senti a gusto con esa placidez que da el estar en duermevela. Estaba confuso no sabía ni dónde estaba, ni siquiera si estaba amaneciendo o anocheciendo. Pero en esta atenuación de los sentidos no me pasó desapercibida la insistencia de una mirada. Giré con esfuerzo el cuello y al otro lado del pasillo la ví. Sus redondos ojos negros, luminosos y vivarachos me miraban de una forma irresistible entre descarada y divertida. ¿Qué tiempo llevarían sobre mí aquellos ojos? Cuando la miré en vez de rehuir su mirada, insistió con la suya. Y por unos minutos nuestros ojos impávidos echaron un pulso en el aire.

           Entonces sus labios se abrieron en una sonrisa encantadora, mientras su mano acariciaba su cabello negro. Me fui espabilando y no perdía de vista aquel juego singular de mi vecina de asiento. De pronto con un movimiento súbito cogió su pie descalzo y se lo metió en la boca. Fue cuando dirigiéndome a su acompañante le pregunté su edad y me dijo: ¡seis meses!