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        Aquel puño cerrado se abrió con la misma elegancia que una corola se despereza en primavera. Sus cinco dedos se abrieron al unísono y refrescados por el aire empezaron a respirar un aire nuevo. Se sintieron ansiosos, con ganas de abrirse a ese mundo desconocido que, ahora, se les brindaba, de sentir como nunca lo habían hecho y de aprender a acariciar y a escribir una sinfonía sobre piel ajena.

        Pero no habían contado con algo, cuando aquella mano fue a comenzar el vuelo, la que inicialmente era libre, toda corazón, se vio atrapada por su mente que en forma de cuerda blanca anudó su muñeca, limitando sus osados movimientos.

        Hoy aquella mano se ha acostumbrado, o mejor resignado, a convivir con esa cuerda en torno suya, pero si pudiera soñar, probablemente lo haría con aquellas caricias encerradas en sus lisas yemas que nunca llegaron a salir y con aquella piel suave y anhelante que en un sosegado paseo nunca saboreó.