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               Una de las grandes ventajas de los seres vivos es el reaccionar ante las sensaciones. Se me ocurría esto hace unos días cuando fui consciente de que los pies se me habían quedado helados y entonces decidí que iba siendo hora, a estas alturas del otoño, de abandonar las chanclas y los pantalones cortos de casa. Eso me supuso el realizar un relativo cambio de temporada en mi armario Y digo relativo porque no puedo sacar todos los jerseis de lana cuando estas líneas las estoy escribiendo todavía en mangas cortas.            

               Pero el cambio de temporada no es un algo aséptico donde unas vestimentas sustituyen a otra, sino que a la vez que se van guardando algunas prendas van desapareciendo de la superficie muchas evocaciones inherentes a ellas. Cuando una camisa desaparece en el fondo, con ella se va aquel paseo acariciado por la brisa nocturna a la luz de la luna; y con aquellos zapatos, su cimbreo en el aire mientras mis pies se dejaban acariciar por la espuma de las olas al romper en la orilla; y con el bañador rojo aquel cálido reencuentro por la playa tras tanto tiempo; y con aquellos pantalones el sabor de un batido fresco de fresa cuyas manchas salpicadas costó arrancar. Ropas que recuerdan al viento de levante,  a piel tostada, a olor salino, a despertador en  paro, a ciudades nuevas, a perseidas que cruzan el cielo nocturno…en definitiva, a emociones que estuvieron ahí. Estoy seguro que algunas volverán cuando, en primavera, las vuelva a sacar del armario, pero otras sé que, sepultadas entre las baldas y cajones quedarán allí para siempre y, como algunos recuerdos, nunca volverán…