20061128155313-cajamariposa.jpg

             Quedaron sorprendidos al encontrarse, tras girar Ella la esquina. Llevaban varios meses sin verse, y aunque nunca perdieron el contacto, aquellas breves llamadas nunca colmaban las dudas, los silencios y lo que nunca se dijeron desde que en un día, ya lejano, los envolvió un mutuo adiós.

            Ahora situados uno frente al otro, en aquel rincón de la calle, se sentían cómodos, aislados del resto del mundo y cubiertos de ese silencio en que sólo se percibe el sonoro latido de los corazones. Se miraron sin verse, en seguida lo apreciaron: las viejas vivencias haría que peligraran si sus miradas se abrazaban. Hablaron durante varias horas del ayer y del hoy, de esos por qués sin respuesta que la vida les planteaba en un  juego sin reglas. Recordaron aquellos días de arco iris, cuando se sonrieron tras las nubes y se protegieron del sol a la sombra de naranjos azaharinos. El vació de su maleta ropa que nunca había aireado, pero no se atrevió a juzgar si la vida había sido justa. Ella salpicaba el suelo con sus lágrimas. Los dos miraban a ese reloj inexistente que no detenía su camino. Y cuando, sin más remedio, tuvieron que decirse adiós el cielo se cubrió de nubes negras que estallaron en tormenta.    

 

            Sus espaldas se enfrentaron, alejándose con pereza y, mientras, fueron abriendo los regalos que habían intercambiado. El descubrió la secreta esperanza de que aquella, ahora, recordada presencia de la esquina volviera a convertirse en real. Ella deshizo el lazo brillante de una caja que él le entregó  de contenido muy especial, en ella introdujo aquel deseo anhelante de besos extraviados que nunca pudo dar y cada vez que lo sentía se transformaba en una mariposa de colores luminosos que había guardado con delicadeza en aquella caja. Ahora Ella, cada vez que estuviera triste, sólo  tendría que depositar una de aquellas mariposas en sus labios para que ésta, aleteando, le procurara un aire nuevo con aroma a “nomeolvida”.