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     Un despertar temprano me lanzó a la calle a esas horas que en los días festivos aparecen solitarias. Acompañado por el sonido de mis pasos me llegué al paseo marítimo y anduve, a buen paso, a todo lo largo dejándome emborrachar de aquel silencio, sólo quebrado por las olas que, llegando por turnos, tapaban pudorosamente la arena desnuda.

     Mis pies hollaban la arena creando un camino de no retorno a mis espaldas y los distintos grises y platas se mezclaban, juguetones, ante mis ojos. Sólo un anciano de gesto cansino, con una gorra embutida hasta las cejas, caminaba por delante de mí, y tras breves instantes de andares se fue alejando a mis espaldas. La arena con ondas peinadas por el viento siguió abrazando la suela de mis zapatos. Frente a mí a modo de una escuela infantil varias decenas de gaviotas estaban plantadas, colocadas como si siguieran unas doctas explicaciones, pero cuando me acerqué debió tocar la hora del recreo pues todas alzaron un vuelo hacia las nubes, para trasladar su aula marina al lugar por donde había pasado hace un rato.

      Un cuarentón sudoroso, con auriculares colgados de las orejas y trote rápido se cruza conmigo. Nubes orondas que parecen crecer de la nada van cubriendo el azul del cielo. Tras unos altos edificios un rayo de sol empieza a asomar y los tonos platas fallecen ante la viveza de esta luz para inundar todo de colores. Pero aquellos seres algodonosos del cielo han procreado multiplicándose en progresión geométrica consigo mismo hasta que devoran al sol. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer...ahora el agua lo empapa todo.