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         Hay veces que la vida nos aleja de alguien y al cabo de los años como si girara sobre sí mismo nos lo volvemos a encontrar. Eso me ha ocurrido con Ignacio a quien conocí en otra ciudad, a sesenta kilómetros de aquí, hace ya casi cuarenta años y establecimos la confianza típica de quien presta su cabeza para que  modelen sus formas a fuerza de tijeras y maquinillas. Los años pasaron y las circunstancias me hicieron recorrer muchas ciudades hasta que me establecí aquí y me volví a reencontrar con él que vive, ahora, a cinco minutos de mi casa.

         De vez en cuando nos sonreíamos y saludábamos al encontrarnos. Nuestros recuerdos detenían nuestros pasos y avivaban nuestros diálogos. Hacía tiempo que no lo veía, pero un día me encontré por la calle a su mujer y me dijo que ya no podía salir de casa, que aquellos dieciséis escalones que le separaban de la calle eran demasiados para una pierna enferma que, debido a su edad, ningún médico se atreve ya a operar. Le dije que iría a visitarles.

         Y eso hice hoy, tras unos encargos matinales ineludibles, aprovechando que no trabajaba fui a visitarle. Pude ver la alegría en sus ojos y en la fuerza de la mano que me estrechaba y allí me senté frente a él en aquella terraza que le vale de atalaya.  Al poco de sentarme noté que me iba a sentir muy a gusto con la conversación viva de aquella pareja. A él sólo le falta un año para llegar a los noventa y ella no le va muy a la zaga.

         Hablamos de recuerdos de entonces, para mí infantiles, y de personas que ya sólo viven en el rincón de algunas memorias. De esta terraza por la que ve transcurrir la vida, distrayéndose con los paseantes, las nuevas construcciones o los automóviles que en una rueda sin fin aparcan y dejan los aparcamientos. De sus veintinueve sobrinos de los cuales sólo una se preocupa por ellos y les visita. De la sopa con un trozo de jamón que comen todas las noches. De los buenos que son los vecinos. De lo estupendo que es disponer de un aparatito con un botón rojo que han pulsado un par de veces para que llegaran los médicos en pocos minutos. De que antes cobraba un real por cada pelado. De que le han dicho muchas veces que por qué no venden el piso y se van a un asilo, pero ellos son felices allí, en aquel piso sencillo, teniéndose los dos. Y cuando me voy, su mujer agradecida por aquella visita me da una bolsa con pimientos y judías verdes, recién traídas del campo. No puedo decirles que no, pero la próxima vez seré yo quien les traiga algún detalle.

          Salgo bajando estos escalones eternos para Ignacio, y le doy un último saludo a la terraza. No lo veo pero sé que me está saludando. Me voy feliz de este rato y sé que no tardaré en volver, ya no sólo por ellos sino también por mí.