20061210205428-agujero.jpg

         El primer piso en el que viví, en este pueblo, era un tercero en que la única vista a la calle era una minúscula terraza lavadero donde, además, a lo lejos, en un hueco entre edificios se veía un trozo minúsculo del mar. Me gustaba asomarme a aquel rincón en que mi mirada fluía por aquella estrecha hendidura y era capaz de navegar muchas millas sobre las olas.

         Los años han pasado. Ya no vivo allí y cuando paso por delante me entristece ver que aquella terraza desapareció de la vista de la calle, las casas de alrededor en un crecimiento imparable, acumularon ladrillos y la vista al infinito se trocó en un reducido hueco interior donde a duras penas entra la luz.

         ¿Por qué será que, en general, los años con su "progreso" y crecimiento van taponando los agujeros por los que circulan los sueños? Algo similar nos ocurre a los seres humanos que tenemos que estar atentos para que esos agujeros (una sonrisa, un libro, un atardecer, un vaso de agua fresca, un encuentro,...) por los que nos entra la luz y nos hacen volar hacia esos momentos únicos, no se nos atoren con esas buenas excusas de la maduración y del realismo. Sólo de nosotros depende el mantener esos agujeros, abiertos al infinito, siempre lozanos y en perfectas condiciones.