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          Blanca, hija única, nació en una familia de posibles, en la que nunca le faltó nada material, pero en la que no abundó lo que en realidad ella más necesitaba. Su infancia se perdió entre las líneas cuadriculadas que trazaba con escuadra y cartabón  su padre, Don Fernán, quien se jactaba frecuentemente, en público de “luenga ascendencia hidalga”. Sin percatarse de ello, la niña se transformó en adolescencia. no era tonta y sabía que la rebeldía habitual de su edad se hubiera estrellado contra el muro de granito, cada vez más reforzado de Don Fernán. ¡Tienes de todo, te podrás quejar! le inquiría cuando el menor atisbo de descontento asomaba a sus labios.  

           Transformada en grácil doncella, incapaz de alzar el cuello por encima del estrecho pasillo existente  entre aquellos muros, fue por aquel camino por donde se topó con Ángel. Colocado allí por don Fernán ya que adivinó en aquel joven su sorprendente fotocopia y pensó que era el adecuado para su hija. El noviazgo duró poco y, ya casados, no tardó Blanca en darse cuenta que su marido de Ángel sólo tenía el nombre. En su ingenuidad no dudó demasiado, huyendo de las garras que le atenazaban sobre su cabeza pero cayó en  otras garras peores que ahora la rodeaban  en torno suyo. Y los años la fueron colgando de arrugas que no disimulaban sus trajes de diseño, hasta la forma de vestir se la imponía aquel par de rapaces, y mucho menos aquellas otras que iban por dentro y que iban transformando en opaco el antiguo brillo de sus ojos. Nunca tuvo hijos, ella lo entendió como normal ya  que siempre había escuchado que eran fruto del amor de una pareja, algo inexistente en su vida.  

             Pero un día, recién estrenada la cuarentena el peso de aquellas arrugas se hizo tan insoportable que por primera vez en su vida soñó. No recordaba qué había soñado, aunque sí supo que desde ese momento había cambiado y le pareció que el aire que entraba a través de su nariz era un aire renovado. Empujó a un lado del armario aquellos lujosos vestidos y sacó del fondo los únicos pantalones vaqueros de que disponía  y una camiseta blanca. Se embutió en unas chanclas de goma y con paso firme se dirigió a la empresa que, según su padre y su marido, le daba de comer. El silencio habitual de los trabajadores se esfumó en un murmullo cuando le vieron atravesar de esta guisa por delante de ellos y dirigirse al despacho de Dirección, en el que estaban reunidos su Angel y D. Fernán. No dijo absolutamente nada pero ni ellos se hubieran atrevido a hablar ante aquella mirada y aquel rostro transfigurado y resolutivo. Con gestos pausados  pero imparables, comenzando por la camiseta, se fue despojando de toda su ropa hasta quedar totalmente desnuda. Luego escupió al suelo y mostrando un culo bien formado a aquellas dobles parejas de ojos que la miraban atónitos, salió del despacho dirigiéndose de esta manera a la puerta de la calle. 

            Cuando salió la brisa de la mañana cubrió pudorosamente aquella piel de igual color que su nombre y ya no pudo escuchar un aplauso cerrado que los trabajadores de la empresa le dirigieron. Pero no importaba, sus pies descalzos semejaban tener alas y la dirigieron con pasos seguro hacia aquel lugar del que sabía que nunca regresaría.