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            Ella se despertó con un fuerte dolor de cuello. Siempre dormía sobre su lado izquierdo, mostrándole a El, aunque ya no prestara demasiada atención a Ella, lo mejor de su anatomía trasera. Durante el día engañó el dolor con cremas y antiinflamatorios, pero lo peor fue al acostarse. El único alivio que sentía era cuando se giraba hacia el lado derecho de cara a El, pero inconscientemente Ella, ya que El se quejó siempre que su aliento sobre su cara le molestaba, al despertar dolorida, se encontraba repetitivamente girada, como lo había hecho en los últimos veinte años, hacia su lado izquierdo.

            El dolor se le convirtió en crónico y ya temía que, debido a que había superado la cuarentena, se le transformara en perenne, como el deterioro paulatino de su relación con El, lo  que un día la condujo a compartir colchón ajeno con un El diferente. Aquella noche ahogada en recuperados efluvios pasionales, antes inimaginables, Ella se olvidó del dolor de su cuello para centrarse en otras cosas más placenteras a la par que efímeras. El ejercicio desembocó en una gustosa extenuación y tras horas de reposado sueño en compañía del otro El, se encontró que, por primera vez en muchos años, había dormido girada a la izquierda. y no pudo reprimir una sonrisa al abrir sus ojos y disfrutar de aquel rostro, que la miraba deseoso y sonriente, tan cercano al suyo

             Al día siguiente Ella se sintió doblemente feliz: por el dolor ausente y las sacudidas de placer que le provocaban los inmediatos recuerdos, pero cuando volvió a su cama habitual, y con ello su giro hacia el lado izquierdo, se recuperaron los dolores de cuello. Pero, ahora, algo le animaba: sabía que su dolor no sería perpetuo, sólo duraría las dos semanas que le quedaban para que se reencontrara con el otro El y volviera a dormir girada a hacia la derecha.