El otro día estuve en una audición musical en el Conservatorio con motivo del final del primer trimestre. Los músicos eran niños esforzados que tocaban con más afición que calidad, algo que poco importaba a padres y abuelos que lagrimosos y emocionados aplaudían tras las correspondientes actuaciones. Cuando le tocó el turno a una joven de aspecto desgarbado y hablar ordinario y ceceante, una de tipo "cani" como dicen ahora los adolescentes, acercó la flauta travesera a su boca y cual si un coro de los ángeles allá estuviera, dejó escapar una agradable melodía que enmudeció de sorpresa al auditorio. Y es que, pensaba el aspecto externo de una persona y la creatividad que emite, en cualquiera de sus formas, no tienen nada que ver.

           ¿Cuántas veces habremos leído un libro pleno de sensibilidad, de esos que nos llegan bien dentro y cuando hemos leído una entrevista al autor nos hemos quedado francamente decepcionados? O hemos visto un cuadro de gran belleza y el pintor resulta ser un tipo hosco y desaliñado. Y es que la creatividad es algo que está más allá de toda cuadrícula, no se puede encerrar entre muros, es libre y vuela por todo el universo, esperando ese ser cualquiera capaz de atraparla y sobre todo expresarla a los demás.