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        Lo conocí hace varios meses cuando llegó por primera vez a mi oficina. Lo vi acercarse con movimiento oscilantes, mientras un olor a vino impregnaba el ambiente. Su rostro hundido en arrugas y su barba cerrada de varios días. Venía acompañado de su hija de unos trece años. Con ánimo irascible y aspecto despectivo la lengua se le trastabillaba. Intentó hacerme comprender, con enorme dificultad, lo que quería. Su hija a su lado miraba y callaba, comprendí que la madre la había mandado de sobria compañía. Estuvo unos minutos en que se enfadó varias veces y cuando marchaba estuvo a punto de dar un traspiés por la escalera que fue hábilmente frustrado por una agarrada de su hija. No fueron unos instantes demasiado agradables.            

        En otra ocasión fue la mujer la que vino a solucionar un papeleo que tenía que arreglarlo él, le insistí que viniera Pepe. Entonces fue cuando ella me contó que hacía un par de años se le había muerto un hijo en el ejército y que él cuando venía de trabajar lo habitual era que se fuera al bar a beber y llegara borracho. No lo había superado y era su manera de olvidar y de expulsar su frustración. Ahora comprendí la rabia que aquellos ojos transparentaban, era contra ese comportamiento inexplicable que, en ocasiones, tiene la vida. Me di cuenta que empezaba a entenderlo con otros ojos.            

         A los pocos días vino, me saludó amigablemente estrechándome su mano, hoy venía sobrio e, incluso, simpático. Yo creo que algo tuvo que ver, lo que le dije a su mujer que le transmitiera: que antes de entrar por la puerta le íbamos a hacer soplar por un alcoholímetro. Desde entonces, cada vez que viene, da gusto hablar con él.