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             Llevo toda la vida sin que me hayan aplaudido nunca. Tengo ya…, les parecerá imposible, pero en este momento no estoy ni siquiera seguro de tener edad alguna. No pido grandes aplausos como los que reciben los artistas tras su actuación o los políticos tras sus fuleros mítines. No es eso, sólo me gustaría haber recibido alguna vez la caricia en mis oídos de ese sonido, que producen las palmas entrechocándose, como reconocimiento ajeno a alguna de las cosas que he hecho en mi vida. Porque supongo que alguna actividad, merecedora de un aplauso, habré realizado.

 

            También puede ser que haya vivido tiempos parcos en aplausos. Hoy desde que nace un niño, los aplausos le acompañan: en sus cumpleaños (antes no los celebrábamos), en su función navideña de la guardería (nunca fui a una guardería), en sus distintos actos de graduación (Secundaria, Bachillerato, Universitaria, Master… yo no tuve nada de eso me dieron el aprobado y para mi casa). Hemos pasado de un extremo al otro. A mí nadie me aplaudió, ahora parece que cualquier cosa que se hace hay que aplaudirla, como si fuera necesario ese empujón ajeno o actuara como cebo para que se haga merecedor del siguiente escalón del aplausómetro. Pero yo debí llegar tarde a todo eso, porque a pesar de mis distintos méritos, nadie me aplaudió absolutamente por nada.

            Sin embargo, hay gente de mi edad e, incluso cercana a mí, cuyo espíritu ha florecido por multitud de aplausos. Recuerdo el caso de Pepe que vestido como un figurín fue pregonero de la Semana Santa, y aquel auditorio agradecido estalló en una sonora ovación ante sus fáciles rimas y rebuscados ripios. O el de Valentín que no sabe ni hablar, pero su voz confundida entre las de su chirigota hizo poner en pie a todo el público carnavalero. O, incluso, el de Arístides cuyo único mérito fue el de “vocear” un discurso de tres líneas al acabar una manifestación contra la subida de impuestos, no sólo hubo aplausos y vivas, sino que poco más y si no pesara 150 Kg lo hubieran cogido en hombro como a los toreros.

            Pero a mi nadie se le ha ocurrido nunca aplaudirme…¿Qué oigo? Me parece estar escuchando aplausos,…¡son para mí! Al fin, lo conseguí. ¿Quién me lo iba a decir después de lo mucho que  siempre me he quejado de no recibirlos?

           Parece que es mucha gente la que aplaude. No acabo de distinguir bien el sonido a través del grosor de la madera. Pero ¿a ninguno de estos imbéciles, que aplauden, no se les ocurre pensar que no estoy muerto sino que sólo he sufrido una catalepsia?