Mi afición a los libros data de mis años infantiles cuando me introduje en ellos a través de la multitud de tebeos que había en mi casa. La lectura siempre la he entendido como una relación personal entre el libro y yo, donde situados en un rincón en una dualidad caprichosa compartimos nuestro tiempo. Esa inmersión me permite vivir grandes aventuras o experimentar las más sentidas emociones que se desatan simplemente por la captación de las palabras.   

                 Al entender esta actividad de una forma tan íntima, nunca me ha gustado que me lean los libros en voz alta. Me parece como si esa voz ajena, actuara como elemento distorsionador de esa cercanía. Aunque esto, tiene para mí una excepción: la lectura de poemas. En el taller literario en el que participo desde principios de curso tuvimos ayer el final de la primera parte, la dedicada a la poesía. Y tuvo la buena idea José Mateos, el ponente, de invitar a su amigo Pedro Sevilla, poeta  natural de Arcos de la Frontera, a hacer una lectura de poemas. 

              Las palabras de Pedro envueltas en sentimientos en los que se trasparentaba el niño que fue, el amor a su madre o los poetas de los que aprendió, sonaron al atardecer, en el silencio de la biblioteca. No un silencio apagado, sino el silencio vivo y emocionado que brota de la presencia atenta de un grupo de amante de las letras que escuchan con atención aquellas palabras cargadas de luminosidad. Una sesión inolvidable como colofón al acercamiento que hemos hecho a la poesía y que sirve de prólogo para comenzar con la narrativa