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           Hoy se me hace el día eterno. Miro al reloj otra vez. ¡Qué lento pasan los minutos! Y qué duro disimular cada vez que lo veo por el pasillo. Es lo mejor, dice él. Llega la tarde y con el declinar de la luz del día empiezo a ponerme nerviosa. La noche está cerca…            

           Estaré esperándolo en mi cama. Desnuda como siempre. Aguzaré mi oído cuando escuche sus pasos serenos por el pasillo. Y mi corazón pegará un salto cuando entre en mi habitación. Me echaré a un lado en la cama para hacerle hueco y estaré deseando sentir el calor de su cuerpo en íntimo contacto con el mío. Desearé que me rodee con sus brazos, saborear esas sensaciones que, sus dedos traviesos, afilan con esa destreza que les caracteriza y sentir cómo reviven mis pechos al envolverlos en sus caricias. Jugaré con el vello de su piel mientras nos comunicamos en silencio con los ojos en la penumbra que impone la oscuridad. Y disfrutaré dejándole que se pase toda la noche escribiendo, de arriba abajo, sobre mi cuerpo palabras de amor…            

          Sólo espero que cuando se marche, no le pase como ayer, que al coger sus gafas de mi mesilla de noche, tiró con estrépito mi bastón al suelo y casi despierta a la cuidadora que está de turno de noche en el asilo.