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           Cosme tomó asiento en una de las cinco sillas que rodeaban a aquel terapeuta argentino. Después de él fueron sentándose sus tres compañeros, no conocía a nadie, era la primera vez que iba. El repiqueteo de unos tacones le indicó que la cuarta era del sexo femenino. Efectivamente, unas piernas bien esculpidas y sin fin trajeron frente a él a una mujer de curvas imposibles que, en seguida, calificó como la más hermosa que nunca había visto en su vida. Se sentó en la silla dejando caer sus abundantes rizos sobre su rostro dejando asomar el rojo brillante de unos labios humedecidos.

          Aquella era una experiencia a la que había accedido aconsejado por su sicólogo. Cada uno tenía un problema diferente, ninguno sabía nada del otro, y la terapia común consistía en escuchar unos datos comunes sobre la personalidad que les iban a impartir durante varias sesiones. El problema de Cosme era el de una timidez excesiva, castrante y dolorosa, que quería superar. Cuando aquella joven se sentó frente a él y anudó de manera imposible sus piernas sus mejillas enrojecieron con un color que pareció reflejar los labios de ella. ¿Por qué estaría ella allí? Cuando terminaron la sesión le intentó decir algo, pero su lengua se resistió a hacer el más leve de los movimientos mientras ella, con movimientos ondulantes, se alejaba por el pasillo. Al día siguiente consiguió sentarse a su lado, él observaba con disimulo cómo aquella mano de dedos finos y uñas alargadas tomaba apuntes sin cesar. Y empezó a sudar copiosamente cuando detectó algunas miradas de reojo, sin disimular por parte de ella. Ese juego de peculiar seducción siguió durante un par de semanas, pero lo más peculiar fue lo que ocurrió el día…. festividad de San Cosme, aquella mujer con la que no había cruzado una palabra le tendió un pequeño paquete en papel de regalo. ¡Era una bufanda en color amarillo fosforescente que a él le pareció la más hermosa del mundo! Un gracias, inaudible, se disolvió en su lengua intentando agradecerle el detalle.

          Si alguien pensara que ese gesto transformó aquella peculiar situación está equivocado, el único cambio notorio fue que, a partir de aquel día, Cosme acudía a las reuniones con aquella bufanda fosforita en torno a su cuello. La semana siguiente hubo otro cambio que deslumbró a nuestro protagonista, aquellos rizos caprichosos habían dado lugar a un pelo liso y sedoso que acariciaba los hombros de su compañera de asiento. Ella lo sorprendió cuando admiraba aquel cambio y sacando un caramelo del bolsillo dijo la primera palabra que él había escuchado de sus labios, mientras le tendía un caramelo: ¿quieres?

           Mudo por la emoción cogió aquel caramelo y pasó a saborearlo con delectación. Mientras Cosme la miraba, ella sin levantar la cabeza del papel no dejaba de escribir. En aquel momento una sacudida atrás de la misma hizo que el pelo haciendo una cabriola por el aire, volviera a su espalda. Entonces pudo ver lo que ella ¿escribía? ¡era un dibujo!

             En aquellos trazos simples pudo ver cómo una mujer de labios rojos y cabello liso daba un caramelo a alguien que con su bigote, sus cuatro pelos malcontados al que en aquel momento ella coloreaba la bufanda dibujada con un rotulador amarillo fosforescente ¡ya no dudó que se refería a él! Lo peor fue cuando al fijarse con más detalle observó que el caramelo tenía dibujada una calavera.  Mientras perdía la consciencia pudo atisbar, como si la viera entre niebla, una leve sonrisa en aquellos labios rojos. Nunca llegó a averiguar que la causa de que ella asistiera a aquella terapia era que tenía un instinto asesino compulsivo.