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            Despertó un domingo más. Descansado tras horas de sueño, aún no había amanecido. Se notaba flotando en tan irreal atmósfera y se mantuvo en esa semivigilia en la que ansiaba, desesperadamente, mimosas caricias.

            Buscó como inexperto zahorí, esa agua, que no encontró para apaciguar la sequedad de su cuerpo. Intentó atenuarla con las gotas que brotaban de sus propios dedos, mientras su imaginación impulsada por alas surcaba el aire en busca de una fuente de agua clara.

            Las gotas de sus dedos y las estelas de su imaginación fueron, poco a poco, cubriendo su cuerpo de una pátina placentera que si bien no calmó de todo su afán, una vez que estalló le ayudó a seguir durmiendo…y soñando.