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              Dentro de pocas semanas cumplirá un año más. Desprovista de esa euforia con que cumplen los niños, los acepta con el sosiego de quien reconoce que el año que cumplió  los cuarenta está ya lejos. Se considera “normal” para su edad. Un cuerpo cuyas curvas han sido dibujadas de manera caprichosa por el tiempo, con algún que otro acúmulo de grasa no deseado. Unos pechos, a estas alturas, tentados más por la fuerza de la gravedad que por unas caricias tiernas. Una melena con la que el viento juguetea continuamente y que  está salpicada con un estilo insolente por sus primeras canas. Los ojos, apagándose con la sombra de las hojas del calendario, aún conservan esa chispa que le permite  a ella sonreír incluso sólo con la mirada.            

               Ella es consciente de que está en un punto óptimo de su vida, ahora conoce bien sus fuerzas y sólo aspira a conseguir aquello que sabe que, sin duda, alcanzará. Es capaz de actuar como le da la gana, sin que nada ni nadie oriente sus actuaciones. Sabe muy bien que ella, independientemente de todo lo demás, es lo esencial para sí misma, pero desde que descubrió, además, que es muy importante para alguien más, que no le pide nada a cambio, ya no lo duda: ¡está en su mejor momento!