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            Las efemérides ayudan a la memoria a recordar hechos que con el tiempo aparecerían desdibujados. El otro día cuando leía que ahora se celebran los veinticinco años de la concesión del premio nobel a Gabriel García Márquez algunos recuerdos vinieron a mi mente.

            Aquel año vivía yo en Ciudad Real, aún no se hablaba del AVE, y más que una capital de provincias me parecía un pueblo grande de poco más de cuarenta y cinco mil habitantes. ¡Qué diferente a la ciudad a la que volví de excursión el pasado verano! Allí fue donde tuve mi primer contacto con la vida laboral, dando clases, y a la vez estudiaba una asignatura que me había quedado para terminar la carrera. No tenía mucho tiempo y, entonces, los únicos libros que leía eran los de preparar las clases y los de Química Orgánica. La literatura era una gran desconocida para mí. No veía demasiada televisión aparte de ver los sábados, después de comer, las apasionantes aventuras de D’Artacán y los mosqueperros. Lo que sí hacía alguna noche era subir con un amigo mío, profesor de Literatura y aficionado a la astronomía, a la azotea y con un planetario de bolsillo y su docta guía, en aquellas noches aprendí a cazar osas mayores y menores, así como dragones por el cielo.  Recuerdo que en una de aquellas noches de observación astronómica le pregunté, como experto en literatura, que le parecía García Márquez como escritor. Me dijo que no valía mucho que sólo había escrito una obra buena: “Cien años de soledad”. ¡Tres días más tarde le dieron el premio Nobel de literatura! Desde entonces le dije que no me volvía a fiar de sus conocimientos literarios ya que discrepaban tanto de los de la academia sueca.