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           Ella estaba especialmente nerviosa, hoy iba a coincidir de nuevo con Él, pero ese encuentro sería distinto a todos los tenidos hasta ahora. Cuando se acercó a la habitación aquel aroma tan peculiar, que Ella sabía que sólo podía provenir de su cuerpo, le reveló que Él estaba allí. Efectivamente, lo pudo ver tendido cuan largo era, como si estuviera esperando su llegada. Ella se acercó despacio, paladeando cada instante que los separaba. Su olor, ahora cercano, la excitó profundamente y no pudo reprimir el gesto espontáneo de acercar sus dedos y acariciar, resbalando con delicadeza, su piel suave. Al apartarlos su humedad quedó adherida a las yemas que en un gesto casi pícaro fueron desapareciendo, una a una, en el interior de aquella boca coronada de un radiante carmín rojo. Fue, entonces, cuando  acercó su cara hasta casi rozarlo y con gesto mimoso lo lamió muy muy despacio. Aquella íntima proximidad la provocó y se sintió junto a Él aislada del resto del mundo.

            No pudo resistir más…asiéndolo con ambas manos abrió su boca cuanto le permitía sus maxilares y clavándole los dientes, no exenta de remordimientos, le arrancó un trozo de carne.

            Le daba pena y había intentado reprimirse, porque no podía dejar de pensar que había criado a aquel pollo, pero ¡tenía tan buena pinta en aquel guiso al ajillo!