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     El título está pronunciado en andaluz, donde en el uso habitual nos "comemos" las eses. En realidad lo que he hecho esta mañana ha sido destruir los negativos. Sí, ya hoy en la era de las cámaras digitales resulta extraño hablar de los negativos de las fotografías, aquellas texturas plásticas que mirábamos al trasluz cuando de algún carrete no nos sacaban alguna foto para mirar si valía la pena el gasto de sacarla en la tienda de fotografía. Tenía una caja llena hasta arriba de estos negativos que había guardado, algunos desde hace más de treinta años, por si tenía que sacar una copia. Hoy resulta más sencillo y económico escanear una foto, así que he dedicado un buen rato en este día festivo a ir destruyéndolo.

     A la vez, he visto mucha de aquellas fotos, sin duda alguna de mucho menos calidad que las actuales y mucho más escogidas. Cada vez que se le daba al disparador había que estar muy seguro de que aquel era el encuadre que queríamos guardar para la posteridad, no estaba la economía para dilapidar fotos.

     Por eso, cada una de aquellas instantáneas son mucho más que una serie de manchas blancas, grises y negras que representan unas determinadas formas. Detrás de ella hay parte de la vida que dejamos en aquel lugar y en aquella época. Por ejemplo, en esta foto de la Salamanca nevada de 1978, puedo descubrir la mezcla de asombro y admiración de ese joven que por primera vez veía la nieve y además en este lugar tan único, adornando los edificios que parecían descender hasta el Tormes, presididos por la señorial silueta de la Catedral. Aún soy capaz de captar el aire frío de aquella jornada mientras la melodía del agua fluía, acariciando el ambiente con sonidos de eternidad.