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              Cuando ya nuestra democracia está en esa “edad adulta” de los treinta años y visto el ambiente de crispación, que nos rodea, a muchos niveles, no es extraño que haya momentos en que la nostalgia por aquella etapa inicial de la transición surja en nuestra mente. No diré que fueron años fáciles, aunque el recuerdo se tiña con esa pátina que hace destacar, sobre todo, los logros. Hubo momentos que fueron verdaderamente críticos y que tensaron, hasta estar a punto de romperse, aquellos frágiles hilos en la que se sostenían aquellos albores democráticos. 

                Aquello fue posible por la actuación de una serie de personajes decisivos y por una búsqueda del consenso de las ideologías que en muchos casos, para ello, supuso cesión por parte de unos y otros y sobre todo por los españolitos de a pie que asistíamos a todo aquello entre expectantes, activos y esperanzados. 

                De aquel elenco de personajes, quiero citar hoy  a uno, por la sencilla razón de que el pasado once de mayo se cumplió el primer centenario de su nacimiento: el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, más simplemente conocido por Tarancón. Fue un hombre lúcido, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que supo guiar a la Iglesia española sin adscribirla a ningún credo político. Durante la misa celebrada en la iglesia de los Jerónimos de Madrid el 22 de noviembre de 1975, el cardenal Tarancón recordó a Juan Carlos I que debía ser rey de todos los españoles y especialmente de los pobres. Admirados por los demócratas, tuvo que aguantar su demonización por parte de sectores ultraderechistas que hacían fácil rima de su apellido con aquello de “Tarancón al paredón”. Con una personalidad rica hizo un gran bien a la Iglesia y a la sociedad española de aquellos años. Me ha parecido bueno, al igual que en otras efemérides, recordar en esta ocasión a un hombre al que siempre admiré.