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    Durante un rato he estado volando más allá de las nubes. He recorrido cientos de kilómetros para romper la cotidianeidad y dirigirme hacia las lejanas y seductoras tierras del norte. He paseado por las calles estrechas y acogedoras de los cascos viejos. He escuchado hablar a las olas de la playa del Sardinero mientras las hojas de los tamarindos se agitaban mimosas con la brisa.  Me he dejado acariciar por las luces de las catedrales y el silencio de algún claustro. He aprendido cosas sobre el pueblo vasco hablando con la gente y viendo sus museos. He acariciado la arena de la playa de la Concha y disfrutado de la vista, a pesar de que la niebla se empeñaba el velarla.

     He montado por primera vez en un tranvía y leído multitud de carteles en euskera. Me he puesto colorado con la fuerza del sol, estremecido con los sonidos de las tormentas y chorreando con el agua de la lluvia. He puesto cara a una colección de palabras. He escuchado, sin esperarlo, una coral de jóvenes filandesas. He admirado grandes y pequeños edificios y me he confirmado en la idea de que ni entiendo ni me gusta el arte contemporáneo. He viajado horas de autobús. He visto tantos verdes diferentes que ni en la mayor carta de colores.

     Tantas cosas que todavía tengo que ir asumiéndolas...pero ¡qué maravilloso es pasarse unos días descubriendo continuamente todo lo que te rodea, aunque qué cansa los pies esto de andar "entre nubes"!