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     Aprovechando el que la tarde vestía sus mejores galas: un sol tenue y vivaracho y una brisa refrescante, cogí la butaca y el libro me fui a la playa, a dejar que el rumor de las olas estimulara mi lectura. La playa estaba solitaria, poca gente a mi alrededor, hoy es el último día... Mañana, esta envidiable tranquilidad de las tardes de junio, desaraparecerá.

     Mañana llegarán los turistas y nos invadirán durante dos larguiiiiiiiiiiiiiisimos meses. Aumentará el tráfico y disminuirán los aparcamientos. Llegarán en bandadas que oscurecerá, por su cantidad, a los pájaros que surcan el horizonte. Desde tempranas horas invadirán la playa huyendo de la incomodidad manifiesta de los colchones en el suelo. Pero no vendrán con las manos vacías, pondrán sobre la arena sus gigantescas sombrillas, las numerosas sillas, la mesa, la bolsa nevera y la sandía fresca, los paquetes de pipas y las fichas del bingo, los niños gritones y, además, a la suegra. Siempre que pasan por el lado nos consiguen una ducha gratis, unas veces de arena debida a sus chanclas y otras de agua cada vez que vienen del agua y sacuden la cabeza salpicando al aire. El olor a mar se sustituye por los mil olores de bronceadores y colonias sudadas. Y los sones silenciosos del aire son aplastados por las conversaciones a gritos sobre temas preocupantes como la eterna discusión si es mejor el Betis que el Sevilla.

        Sí, mañana se acabó la tranquilidad, sin embargo me quedará el recuerdo de este día de junio en que sumergido en las mil caricias de la naturaleza disfruté plácidamente de la lectura de un libro en un inenarrable atardecer.