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             El y Ella vivían en la distancia y se conocían desde hacía años. El siempre tuvo necesidad de comunicarse con Ella.  A Ella le gustaban estas comunicaciones, aunque nunca sentía necesidad de comunicarse con El.  Así que, durante todo este tiempo, las comunicaciones de El (por carta, teléfono, mensaje en una botella e incluso a través de una paloma mensajera), nunca tuvieron respuesta de Ella y siempre le quedaba, a El ,la duda, que no le hacía sentirse bien, de si Ella la habría recibido.  Ella tampoco se sentía bien de que le llegaran tantas comunicaciones de El y no se sintiera capaz de responder. 

            Transcurrieron los años en esta situación, hasta que un día Ella, enemiga de tecnologías pero a la que habían regalado un móvil, le dio a El su número. El vio ahí colmada su necesidad de comunicarse con Ella.  El empezó a ser feliz, cuando le apetecía le mandaba un mensaje y además  éste le avisaba que el mensaje había sido recibido.  Ella recibía los mensajes pero seguía sin ser feliz, cuando sonaba su móvil, sabía que sólo podía ser de El, pero nunca aprendió a contestarlos y esto le dolía. 

             Un día visitando Ella la torre de una iglesia, sin que se diera cuenta, el móvil se deslizó por el bolso entreabierto cayendo sobre el nido de una cigüeña que estaba más abajo. Como Ella lo usaba poco no se dio cuenta que lo había perdido hasta al cabo de un mes.  Y desde entonces, todos son felices:  El porque manda los mensajes y el móvil le avisa que ha llegado, Ella porque no le llegan mensajes y eso no le recuerda que tiene que contestarlos, y la cigüeña porque cada vez que suena el pitido del móvil en su nido se incorpora y aletea las alas de una manera tan armoniosa que es la admiración de todos los que la contemplan.  Incluso El pudo contemplar, aquel espectáculo, un día que paseando bajo la torre se le ocurrió mandar un mensaje a Ella.