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            Este libro de más de novecientas páginas descansaba, con ese orgullo que da la voluptuosidad, en una de mis estanterías esperando el momento adecuado para adentrarme en sus páginas. Al fin, ese momento pareció llegar, en los últimos días de junio en que un mayor sosiego ambiental y temperaturas agradables y suaves me invitaron a leerlo al aire libre.

            Lo hice descender de las alturas hasta mis manos, abriéndolo con ese desenfado con que se inicia la lectura de cualquier libro, sin sospechar que cuando mis ojos se posaran sobre sus primeras líneas, acabarían hipnotizados por esa forma de narrar y no descansarían hasta que, como ayer, llegara al punto final de la historia.

            La trama se inicia en el entierro de Julio Carrión, un importante hombre de negocios, al que asiste una misteriosa mujer, Raquel, que no pasa inadvertida a Alvaro, el hijo del difunto. Alvaro y Raquel no pueden imaginar que de aquel encuentro fortuito surgirá una apasionada historia de amor, lastrada desde muchos años antes por los avatares de sus respectivas familias en que se entremezclan dolor, amor, engaños, frustraciones, …toda una serie de pasiones que invaden al universo humano; y se verán inmersos en una montaña rusa de la que ignoran cómo descender.

            La escritora madrileña con este trabajado libro homenajea a aquellos que sufrieron, de una u otra manera, la represión franquista en los años del franquismo. La destreza narrativa de la autora engancha desde el comienzo. Unas veces narra en primera persona y otras en tercera. La historia salta de delante a atrás y viceversa dotando al conjunto de una gran agilidad argumental, que en vez de aburrir enriquece la narración configurando un complejo puzzle, cuyas piezas van encajando, poco a poco, con una habilidad casi mágica.

            El título del libro viene de ese poema de Machado donde dice que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Durante la lectura me he sorprendido, en muchas ocasiones mirando al aire, como si estuviera deglutiendo los sentimientos expuestos al evocar unos sentimientos propios y es que se reconocen bien al ser sentimientos universales.

            “Había aprendido a amar a Raquel Fernández Perea por encima del amor de mi padre. Ahora tendría que aprender a amarla al margen de ese amor, y de todas sus mentiras. Entretanto, me había ido rompiendo por dentro, al principio suavemente, un pequeño crujido en la conciencia, la insidia de unos pocos objetos vergonzosos, las torpezas de mi imaginación y el furor con que había decidido exterminarlas. No había sido sencillo pero tampoco demasiado complicado, hasta que la verdad se ató a mis brazos, a mis piernas, y empezó a galopar en cuatro direcciones distintas, y sentí la tensión, el desgarro de un desmembramiento que nunca podría reparar.” (pg. 837)