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       Armado de papel blanco y bolígrafo negro, estaba sentado delante de la ventana, en esas horas vespertinas del verano que evocan a esas tardes adolescentes con aroma a eternidad. Y mientras la tinta encontraba el momento adecuado para tiznar el papel de negro, rasgó el aire el canto de un gallo. Lo que en otro momentome hubiera resonado bíblicamente a traición, en esta ocasión constituyó toda una sorpresa.

      Por primera vez en muchos años fui consciente de que ese anómalo canto habría resonado en otra muchas ocasiones, sin que yo lo notara, a pesar de vivir en un piso en el centro de la ciudad. Y sólo lo había descubierto en aquel instante en que la prisa cotidiana se había sustituido por la languidez del tiempo. Una  vez más saboreé el canto de aquel gallo despistado que me empujó a escribir estas líneas y a estar atento, desde entonces, a todas esas señales que están, ocultas, tras la cortina de la rutina habitual