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          Una vez más, Jesús Maeso, con esa maestría y dominio del lenguaje que le caracteriza nos sumerge en las páginas de una novela histórica.

          En esta ocasión la acción de desarrolla en el siglo XIV, tiene su inicio en Huesca, concretamente en el monasterio de San Juan de la Peña. Un anciano monje agonizante, revela al joven Diego Galaz, maestro de álgebra educado en el convento, algunas vicisitudes de cuando, siendo niño, lo trajeron al convento y le entrega, además, un enigmático anillo en el que aparecen las barras de Aragón y el símbolo de la inmortalidad del pueblo judío. Como consecuencia de esto, Diego inicia un azaroso viaje a la búsqueda de sus orígenes. En el inicio conconoce a Isabella, de quien queda prendado y a la que promete volver prontamente en cuanto termine esa búsqueda. Pero el viaje se extiende más de lo que imaginó, en un periplo en el que atravesará el Mediterráneo y viajará  a Atenas, Alejandría, recorrerá desiertos y llegará a Etiopía y Jerusalén, hasta culminar en el puente de la ciudad de Besalú.

          Las descripciones son vivas y visuales, realizadas por un lenguaje exquisito pero asequible. Es bueno leer este libro junto al diccionario, porque seguro que enriquecerá nuestro vocabulario. Y nos sentiremos cercanos al protagonista, sintiendo el oleaje que cabecea el barco, las sensaciones que le recorren cuando es amado, los distintos aromas que aspira en los mercados, las pestilencias que le aturden por algunos rincones y los vaivenes de todo tipo que va sufriendo su corazón.

            La tensión se mantiene de principio a fin y hace que resulte difícil el dejar arrumbado el libro durante mucho tiempo.

            "En un revoltijo de sacas apiladas, y bajo un mar de guiñaposos pabellones que hacían el papel de toldos, cubriendo el pradal, se exhibía la totalidad de las mercaderías africanas posibles: sorgo, especias, plátanos, ungüentos, perfumes, esclavos, alhajas, hierbas alucinógenas, animales exóticos, sombrillas, esteras de esparto, pieles de leopardo, ámbar gris, cuernos de rinocerontes, azogue, plumas de avestruz, mirra, puntas de lanza, maderas, telas tintadas con índigo, yamen tostado, hojas de pobo, mirra, caballos y dromedarios, raíces de cola, colmillos de elefante y  marfiles tallados. La bulla y la efervescencia reinaban en el pintoresco mercado, en un tumulto de voces, gritos, lenguas que no comprendían, risotadas, riñas, cantos e insultos chillones en cien idiomas y dialectos que los hispanos ignoraban" (pg. 259).