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         Caminaba por la calle penumbrosa en esas horas previas al amanecer. Al girar una esquina fue cuando me crucé con ella y, entonces, no pude remediar el giro de mi cabeza y que mi mirada quedara atraída por su trasero respingón. Eso le contaba al médico de guardia, con cierto azoramiento, mientras éste me cosía un punto en la herida, producida al golpearse mi cabeza contra aquella farola que pareció surgir de la nada. De pronto, ella entró con el Betadine. No sabía que trabajara de enfermera.Cuando se dio la vuelta sentí un fuerte tirón del punto que me cosían.