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          Una feliz casualidad hizo descender hasta mis manos, de la estantería donde se encontraba, este libro de la escritora chilena Marcela Serrano, que obtuvo en 1994 el Premio Municipal de Literatura, en Santiago de Chile. En él nos narra, con prosa exquisita, la historia de Blanca, una ama de casa a la que le entra una rara enfermedad: la afasia. Ello hace que su cerebro no articule el lenguaje de modo que no puede leer ni hablar, aunque sí es consciente de todo lo que sucede a su alrededor y dentro de sí.

 

           “Todos entorno a mí se preguntan cómo será la afasia. Es una enfermedad equívoca, como si hubiese desaparecido el lenguaje interno con el externo y no es así. Sucede que el mundo interno se queda sin comunicación. Como si fuera poco. Ellos se preguntan cómo será.

            Una cárcel. Ésa es la única respuesta.

            Una cárcel en blanco”.

 

            La abuela de la protagonista le decía que cuidara sus ojos, que ellos le salvarían de la soledad, y en medio de este silencio que la vida le impone:

 

            “He inventado un nuevo lenguaje: mis ojos.

            Los ojos no me servían sino para mirar. Hoy todo lo digo con los ojos y lo que ayer comprendía con la mente y el pensamiento hoy lo hago con mis ojos. El desconcierto, la pena, la fatiga, el desamor, el furor se convierten en miradas que distanciándose de otras miradas las destacan y me enseñan lo que debo aprender. Los ojos subrayan todo acontecer y los libros son ahora el blanco, y el blanco lo envuelve todo, menos los ojos. Con ellos veo el peligro y los deshechos, siempre atentos. Ellos generan el pensar que ya no tendrá pensamiento y lo que mis ojos no reparen no existe, no me detengo en nada que no detecten mis propios ojos, no deben desviarse mis ojos, carezco de todo otro lenguaje, el único es el que ve y miran mis ojos.

            Son ellos mi nuevo lenguaje. Desde hoy, mis ojos hablarán por mí.

            Y es con esos ojos que contaré esta historia.”

 

            Y nos contará su historia y como un día conoció a Victoria a través de la cual conocerá otro mundo muy diferente a su mundo cargado de convenciones y como despertaron en su corazón unas emociones que creyó dormidas para siempre:

 

            “Yo pienso y te pienso horizontal, fuera de mí misma, por supuesto, la mí misma intrínseca no piensa en nada horizontal y busco tus piernas, quiero sobre mi muslo un bulto duro que me asegure, donde está, sudas, Gringo, y toco ese sudor intuyendo un calvario, soy yo, no es otra quien puede temerme a mí, qué temes, tus brazos de guerrero me aprisionan, convertir la fuerza en dulzura, entremezclarlas al entremezclarnos nosotros hasta fundirnos, pero quiero tu sexo de piedra para que mis alas vuelen, esmaltado, brillo y dureza, me muevo, tanteo, te sé acalorado y calenturiento como yo, como me decían en el campo de chica cuando tenía fiebre, calenturienta, dónde entonces el esmalte, tu cabeza se pega a la mía, tu barba me cosquillea, en el cuello, en el hombro, también en la mejilla, y la tuya quisiera besar mil veces, la tengo casi pegada a mí, lamerla quizás, como las gatas, soy la dulce Blanca entrando de lleno en el pecado, el baile no es más que una disculpa para los cuerpos, y tú diciéndome al principio de la noche, serio, yo no bailo, yo abrazo. Y mi sonrisa conocida, formal, abriéndose. Ahora es mi risa más perversa, te juro, Gringo, me la desconocía, y ella quiere desarticularte, tantearte, hurgarte.”

 

            Las palabras para ella son fundamentales, hasta en este momento en que es incapaz de pronunciarlas:

“Una hace con sus manos lo que vio hacer a las manos anteriores. Por generaciones, las manos de las mujeres del campo han frotado la tierra y han lavado en la artesa. Las de la ciudad han picado la cebolla y han acarreado la bolsa de la feria. Ambas han dejado sus huellas en a masa del pan, en la madera de la escoba. Otras en los palillos y en las agujas. Y hubo algunas que tomaron un lápiz, escribieron cartas, apuntaron en diarios, en libros…, de esas manos vienen las mías”.

 

            Imposible, al leer este libro, no quedar seducido por sus líneas y solidarizarse con esa mujer que en un momento determinado llega a decir:

“dentro de mi silencio me atrevo a afirmar que no hay soledad que se compare a la de ser una mujer.”