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         En ese continuo devenir de lo cotidiano, cada vez me encuentro con más gente que intentan pasar enfermizamente inadvertidos, como si fueran seres que se difuminan al andar o presencias incorpóreas condenadas a vivir.

         El color de su piel es indefinido, rayando en la transparencia y sus ojos carentes de brillo, cuando miran lo hacen sin ver. Son individuos que al atravesar una puerta no son capaces de expresar un saludo, como mucho una mueca retorcida que les afea el rostro. Acuden a manifestaciones, coreando eslogans y haciendo puro bulto. Trabajan en oficinas pero sus compañeros no son capaces de distinguir el día que acuden al trabajo del que se quedan en su casa, enfermos. Muchas veces, cuando estoy en una cola veo llegar a uno de estos individuos que se coloca al final de la misma. No sé cómo pero al  cabo de un rato está situado, en la misma, varios lugares por delante de mí. Si alguno es dependiente de una tienda, al entrar en ella, nos costará distinguirlo porque logran un extraño mimetismo con las estanterías y el mostrador. Y si, por casualidad, alguno es guardia civil de tráfico y nos pone una multa, transcurridas unas horas, habremos olvidado su rostro e incluso su sexo, aunque no olvidemos la multa.

          Sospecho que seres tan tenues deben pertenecer a una extraña secta, que ni siquiera entre ellos se relacionan y algunos, en el colmo de la tristeza, llegan al extremo de morir en esa soledad especialmente dura que pasa a todo el mundo inadvertida y no descubren su cadáver hasta semanas después del óbito.

           La esposa de uno de estos últimos, entrevistada, comentaba sorprendida:

-Ya me extrañaba a mí, que hiciera varias semanas que no nos cruzáramos por el pasillo de casa.