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       Caminaba Él, sumergido en sus  cavilaciones, en esas horas previas al anochecer en que se empieza a grisear todo, cuando ¡la vio! Agrandó inconscientemente las pupilas intentando atrapar el máximo de luz, mientras sus ojos se fijaban en aquella figura, de soñada belleza que se encontraba frente a Él. Su piel brillante lanzaba destellos y las sinuosas curvas de sus formas le imantaron sus más profundas inclinaciones.

 

            Se acercó despacio a Ella, como si temiera romper el delicado encanto de aquel mágico momento en que se habían encontrado. Ella, silenciosa, permaneció inmóvil, mientras aquellos dedos ávidos recorrieron, primero, lentamente y después de manera presurosa su epidermis tan brillante. Él se reconocía inteligente y en aquel primer encuentro sintió que era capaz de captar, incluso, su interior. Lo tenía ya claro, era Ella a quien buscaba para compartir el resto de su vida.

 

            Despojándose de su ropa quedó desnudo frente a Ella, no quería que nada estorbara el contacto entre sus pieles y acercó su cuerpo a la cavidad más deseada de Ella. Se fue introduciendo, primero con cierta dificultad, hasta que sus pieles en contacto parecieron fluir entre sí. Cuando descubrió con alborozo que estaba dentro de Ella, se sintió lleno de alegría. ¡Era lo que siempre deseó!

 

            Lo que no pudo imaginar Él, aquel genio solitario, que hacía tiempo que había agotado su capacidad de conceder deseos, en busca de una bot-Ella donde refugiarse, es que una mano desconocida aprovecharía aquel instante para poner en aqu-ella cavidad un tapón de corcho, con lo que se hizo consciente de que aquel íntimo contacto entre ellos se extendería, probablemente, durante varios siglos.