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          Hoy paseando por la playa mi mirada quedó atraída por esta caña de pescar, que, cual tenue pabilo, oscilaba flexiblemente con el jugueteo combinado del viento y de la marea que tensaba el sedal. Me sentí tentado a sentarme allí y dejar que mi vista fuera siguiendo, como a un viejo reloj de sol, la sombra que comenzaba dibujándose en la arena para, sin mojarse, zambullirse en el mar.

          Acomodarme, sin prisas, sobre la arena; sabiendo que durante esas horas, nadie te espera y nada esperas, sólo el lento trascurrir del tiempo, que convertido en viejo amigo conversa conmigo con lo único que sabe hacerlo: con la variedad que va tomando luz y las distintas sensaciones que produce. Dejar que mis oídos se acomoden en ese leve rumor que este mar sin olas produce al lamer con suavidad las orillas. Seguir el vuelo de las gaviotas que dibujan con sus alas acompasadas estelas en el azul del cielo. Contemplar las libélulas que expectantes se posan sobre la caña y siguen su vuelo en cuanto esta vibra levemente. Y, al fin, escuchar esas palabras que el viento susurra al oído de aquellos que están atentos.

          Y cuando terminara el día, y los azules mutaran primero a maravillosos tonos pasteles que despiden al sol, para luego ennegrecer cielo y mar en una tenebrosa uniformidad, emprender el camino de vuelta, probablemente sin un solo pescado, pero con la satisfacción de haber disfrutado de un maravilloso día de pesca.