20071123153246-cimg0698.jpg

          Así está la calle, cuando mis pasos solitarios, al amanecer retumban contra las paredes. Los tonos grises van desapareciendo a medida que la luz del sol, asoma a lo lejos entre los edificios y va iluminando las paredes. A estas horas me encuentro con muy poca gente, la vida empieza a bullir pero en el interior de las casas, y siempre somos los mismos los que nos cruzamos en las esquinas y los buenos días que intercambiamos quedan, durante un rato, flotando en el aire.            

          Suelo iniciar alegre este camino cotidiano de ida al trabajo, incluso aunque sea lunes. Simplemente el hecho de poder ir andando es un avance, cuando en un principio trabajaba a 600 km de mi casa, luego a 180 km y separado por el mar, más tarde a 50 km y ahora puedo ir caminando disfrutando de este paseo.              

           No es el mejor trabajo del mundo, ni siquiera aquello para lo que me preparé duramente en mis años universitarios, pero la vida me condujo hasta él y aunque inicialmente me revolvía contra aquella labor cotidiana, el paso de los años y la experiencia, ha  hecho que le haya encontrado ciertas cualidades que lo hacen agradable y atractivo.             

          Cada mañana inicio ese camino hacia lo desconocido que sólo cuando la luz del sol ya se ocultó hace rato y la almohada apoya con su ternura mi cabeza, puedo decir si, ha sido un día digno de olvidar o, por el contrario, ha valido la pena.