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        Hay épocas en que, sin saber por qué, las palabras parecen perderse por un lugar desconocido y cuando pretendo atraerlas se resisten a abandonar el seguro refugio en el que se encuentran. Y cuando ocurre eso, las echo de menos como viejas amigas complicadas y no entiendo el por qué de su actitud. Sé que no puedo enfadarme con ellas, porque les debo mucho y espero, dominando la impaciencia que brota en mí, que vuelvan, como siempre hacen, irremisiblemente a mi lado.

         Muchas veces ayuda el buscar palabras ajenas que sirvan de reclamo para las mías, con la lectura de libros y periódicos. Y hoy haciendo precisamente eso, leer periódico me encontré con dos noticias curiosas que las convierto en mis palabras:

-En un pueblo cercano, un hombre atraca un banco. Por lo sucedido, yo diría que el individuo no es nada complicado. No buscó antifaces ni máscaras, sólo un gorro de lana que le protegiera del frío, no dice si era calvo. Tampoco se planteó desplazarse a un lejano lugar, sino que fue a la sucursal bancaria de la que era cliente, supongo que sería por eso de que le resultaba más cercana y no tenía que buscar ni la caja. Un poco bruto si que era ya que empezó a pegarle a una de las empleadas, pero no contaba con que la otra iba a escapar a la calle y dar la voz de alarma, lo que hizo que entraran distintas personas y pudieran maniatar al tipo hasta la llegada de la policía. Decididamente no era su día de suerte.

-Y hablando de suerte, eso es lo que probó otro con un boleto de la primitiva. Fue a la oficina a ver si le había tocado algo. Le sacaron el recibo con los números premiados y se lo graparon. Le dijeron que sí le había tocado, pero que no le podían pagar en ese momento por lo que tendría que volver al día siguiente. Y aquí empezó la confusión, el afortunado, nervioso por que le había tocado, confundió el recibo que le dieron de los resultados del sorteo con los números de su boleto y al comprobarlos vio que ¡había acertado todos! La euforia le embargó y fue corriendo a una entidad bancaria al depositar aquel boleto. El del banco, confundido también, creyó que el recibo con los números era el boleto ganador y lo guardó en la caja fuerte. Al rato llaman al servicio de loterías para decirle que tiene un boleto del primer premio depositado allí y es cuando se descubre todo el error. El des-afortunado sufrió una crisis y tuvo que ser ingresado en el hospital. Cómo para que le hubiesen dado un préstamos de 80 mil euros a cuenta del premio. La buena noticia es que ya salió recuperado del hospital. Lo que no decía la noticia es si finalmente volvió a cobrar el reintegro que es lo que efectivamente le había tocado.