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         En una gris ciudad de provincia se ha cometido el asesinato de una niña. El inspector jefe que lleva el caso, y del que no se nos dice el nombre, es un policía que vuelve a su ciudad de la infancia, donde se crió en un colegio de huérfanos, destinado tras muchos años en el país vasco.  Tendrá que encontrar a un brutal asesino en medio de esa ciudad. En ese camino tendrá que luchas contra sus demonios personales, contra sus crisis íntimas y se encontrará con alguien que le hará creer que en la vida es posible una segunda oportunidad.

         Buenos retratos del interior de los personajes, cada uno de los cuales carga con su bagaje de experiencias y de negruras,  pero algunas, en un determinado momento, parece que empiezan a iluminarse. Hay personajes que sólo se se entreven, como si estuvieran a través de unos visillos, como le ocurre a la mujer del inspector o a Ferreras, el forense. De otros descubriremos sus mayores intimidades como de la maestra o el asesino. La luna tiene su protagonismo y su luz atravesará, en más de una ocasión, por entre las letras.

          Me ha encantado releer este libro del jiennense Muñoz Molina, después de nueve años de haberlo leído. Una novela en que en su escritura, a la vez, densa y atractiva, se mezcla la trama sicológica y la policíaca.