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     Era la primera vez que en su dilatada vida como guardia civil de tráfico le pasaba algo parecido. Había detenido un coche que circulaba por la autovía, durante todo el tiempo, con las luces de ambos intermitentes encendidas.

            Se dirigió a la conductora, una joven de ojos hundidos y piel nacarada, y cuando le espetó la causa por la que circulaba de esa manera, ésta le respondió:

-Hace un mes murió mi marido y no se puede imaginar la soledad que me desgarra por dentro, hasta el punto de que cuando conduzco me siento acompañada, simplemente, con el sonido de los intermitentes.

            Una imagen de extraña comprensión deslució la inicial severidad de aquel agente de la autoridad, y no supo cómo se escuchó a sí mismo decir:

-¿Y no ha probado a poner un reloj de cuco en el salpicadero del coche?