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Leo la noticia de la detención de un inmigrante nigeriano al intentar suplantar a un compatriota suyo en el examen del carnet de conducir. Lo que me resulta más asombroso es su reincidencia, ya que es que es la tercera vez que lo sorprenden intentando reemplazar a otro. Este profesional de los exámenes  aún no se ha enterado de que esa frase tan habitual de que “todos los negros parecen iguales” o “que todos los orientales tienen la misma cara”, encierran más una pereza indentificativa, ante el que es netamente diferente a nosotros, que una realidad. Y de esa pereza identificativa carecen los examinadores de tráfico que son capaces de distinguir que una foto en un carnet, por muchos rasgos africanos que contenga, no coincide con el portador de dicho documento.

 

Quizás es bueno aprovechar esta reflexión, ante ese fenómeno igualitario que nos invade hasta el extremo de crear un ministerio al respecto, no olvidar en medio de esto el inestimable valor de la diferencia. Tenemos que huir de las clásicas generalizaciones: “todos los hombres son iguales”, “la juventud está fatal”,…que indican una cierta experiencia frustrante en quien las pronuncia. Todos tenemos algo que nos hace único, hasta los propios hermanos gemelos, y eso es lo más valioso que tenemos y lo que nos hace atractivo. El problema de mucha gente es que no tienen la capacidad de ir más allá de una mirada superficial y tienen la imposibilidad de descubrir ese brillo interior y único de cada persona, eso que lo hace distinto del resto de la Humanidad..