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        El otro día, viendo una antigua foto, me trajo recuerdos de esos otros veranos que fueron diferentes. Trasladándome con la memoria en la máquina del tiempo a la playa de la Victoria de Cádiz tan parecida en mar y arena y tan diferente en todo lo demás a la actual playa.

 

            La playa estaban llenas de casetas, unas de mamposterías que siendo minúsculas, la décima parte de un piso de los de la ministra Trujillo hacían su avío, ya que tenían su ducha y en sus perchas se podían acumular la ropa de treinta personas, incluso. Las otras casetas eran las llamadas de madera y que en colores blanco y rojo se extendían al borde de la arena. Estos minirecintos estaban numerados y el número venía bien para localizar a los amigos que siempre se ponían en la misma zona de la playa y en torno a uno de los poseedores de una caseta. El ecuador de la playa lo constituía el Hotel Playa y el horizonte lejano la playa de Cortadura.

 

A lo largo de la playa había carteles que indicaban “Prohibido desvestirse en esta zona” y la policía municipal, entonces no eran locales,  se encargaba de que se cumpliera multando a quien tuviera el atrevimiento de quitarse la camisa en la arena.  Ese era un modo también de engordar las arcas municipales ya que el sitio oficial de cambiarse eran las llamadas “galerías”, perfectamente separadas las de caballeros y las de señoras, que eran dirigidas por unas señoras que tenían el sobrenombre tan feo de “bañeras”. Los bikinis no eran nada habituales e incluso mientras nuestros padres se tomaban un "Valdepeñas con Casera" en el bar Ramón, escuchábamos hablar a nuestras madres al respecto: “Esa mucho hablar y luego sus hijas son de las que se ponen bikinis”. Los adolescentes de aquella época no entendíamos que extraña mácula podría caer sobre una familia por el hecho de que sus hijas enseñaran su ombligo. Sólo recuerdo la osadía de una extranjera que, desconociendo en que tipo de playa se hallaba, se desprendió de la parte superior del bikini y estuvo a punto de originarse un tumulto ciudadano. Gritos e improperios y exclamaciones de “qué hay niños delante” hicieron que en pocos minutos aquella visión sorprendente de aquellos orondos pechos se convirtiera en un espejismo.

 

En torno a la caseta a la que yo iba todos los días, se ponían mis amigos y entre baño y baño echábamos partidas de cartas. Nuestras reuniones eran netamente masculinas estábamos en esa edad que nos apetecía tanto relacionarnos con el género femenino , como dificultades y poca costumbre teníamos para hacerlo. De hecho en la caseta de al lado la reunión era netamente femenina. A medida que transcurría el verano, las barreras fueron cayendo hasta que decidimos salir todos juntos cuando ya el verano languidecía ¡el veintiocho de agosto! No hubo discusiones a cada uno nos gustaba una de aquellas jovenzuelas. El más osado de mi pandilla enseguida se ennovió con una…a estas alturas sigue soltero. A mí había una que me llevaba a maltraer, pero el día uno de septiembre se marchó para Madrid donde vivía y aquel efímero amor se disolvió en la distancia. Siempre la recuerdo con cariño y desde entonces nuestros caminos se han cruzado sólo un par de veces, una hace veinte años en que quedamos a merendar en una cafetería de Madrid y recuerdo que su llegada en el coche oficial, su padre era general, me impresionó. La última vez que la vi fue hace un par de años donde al entrar en la farmacia madrileña en la que trabaja, bajo aquel pelo rizado y canoso y nuevas arrugas, no me costó reconocer aquella sonrisa que treinta y un años antes me había encandilado a lo largo de todo un largo y maravilloso verano.