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           Durante mis años infantiles cada vez que me miraba al espejo, me sucedía algo inaudito y era que no reconocía ese rostro que me miraba, siempre con su pizca de curiosidad, desde aquel otro lado.  Aquel óvalo coronado de pelos envuelto en remolinos pizpiretos, salpicado de leves cejas, ojos oscuros, con un saliente narigudo y esa boca que ocultaba unos dientes atropellados, me parecía extraña y diferente a todas. Miraba a mi alrededor, a mi familia, amigos y a los que me rodeaban, claro que  los había guapos y perdidamente feos, pero eran caras “normales”. Pasaba un mal rato en esos momentos de contemplación obligada, que procuraba evitar, y reducir a cuando no tenía más remedio y no digamos, si por el azar o la necesidad aquel espacio del espejo lo compartía con alguien. No me podía engañar, de aquellos dos rostros que veía, el otro era totalmente normal.

 

            Esa sensación se me fue acentuando durante la adolescencia, en la que aquellas facciones perdieron sus redondeos infantiles y transformaron sus líneas, descompensándose, angulosamente, con la piel salpicada en granos. Aquello se convirtió en un círculo vicioso, me costaba reconocerme porque procuraba no mirarme al espejo y como no me asomaba no me acostumbraba a mi cara, se me olvidaba y cada vez que la veía era como quien se reencuentra con un perfecto desconocido, al que no se sabe qué decir.

 

            Hasta que llegó el momento en que me llamaron a filas, luego entendí lo de las filas, allí siempre estaba en una fila con alguien delante, detrás a la izquierda y a la derecha. En aquellos momentos de alineaciones aburridas yo seguía observando caras, allí si que las había variadas y de todas las formas y colores…  Debido a restricciones presupuestarias en los servicios del cuartel sólo había dos reducidos espejos para ciento cincuenta soldados que formábamos la compañía, por lo que es imaginable la dificultad y saturación que se originaba en torno a ellos. A la hora de afeitarme con una mirada, al mismo, de sólo 10 segundos retenía mi cara en la memoria y me desplazaba con la cuchilla a otro lado donde proseguía, huyendo de los golpes y codazos que se producían en aquellas aproximaciones al reflejo. Estos esfuerzos de memoria hicieron que al licenciarme ya retuviera mentalmente mi cara, me había habituado a ella y, desde entonces, se convirtió durante todo el resto de mi vida en algo acostumbrado. Ahora, cuando me coloco frente al espejo del peluquero, y me veo al otro lado con ese mandil blanco en torno al cuello ya me siento hasta cómodo. Incluso ese reflejo desvaído de los escaparates se me ha hecho simpático y al levantarme por las mañanas con los ojos semicerrados, yo diría que, en más de una ocasión, esa cara algo más arrugada que la que recuerdo de la mili, me esboza una sonrisa y me devuelve un guiño de cordial complicidad.