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            La plaza estaba atestada de gente, aunque aún no eran las cinco de la tarde. El reloj, sin ningún disimulo, campaneó en el aire, mientras el sol, a esa hora, arrancaba resplandores dorados de las paredes. Despistado estaba, no era para menos, ya que aún resonaba en su interior aquella carcajada de ella del día anterior que terminó de “ennerviosarle”. Durante ocho años, con más de un encuentro fallido, había dibujado en su imaginación las líneas desconocidas de un rostro etéreo que en pocos minutos se le revelaría. Se reconoció tramposo semiocultándose  en una esquina, para esa difícil tarea de controlar la llegada de una persona a quien no se conoce. Finalmente fue ella quien, con una figura tan grácil como segura, con paso firme y semioculta en gafas negras,  reconociéndolo se le acercó cabalgando sobre una sonrisa.

            Verde y oro, esa fue la primera impresión que tuvo al verla. Su larga melena fina y lisa de color de oro brillante caía meladamente dibujando las redondeces de sus hombros. Al desprenderse de las gafas su mirada procedente de unos ojos de aspecto felino y color verde lluvia lo rodeó al mismo tiempo que sus brazos. Se observaron y estudiaron en los siguientes minutos intentando aterrizar a la realidad todo lo que la imaginación había hecho brotar durante tanto tiempo; hablaron, probablemente mucho más ella que él, y se fueron a comer juntos a aquel lugar de platos de extraño nombre.

            Verde y oro. El verde de la ensalada se extendía sobre los platos mientras un vino blanco de tono dorado y levemente afrutado, convenientemente frío se encargó de desenredar las lenguas en plática ágil. Y a pesar de ciertos muros de granítica dureza a través de sus rendijas escaparon muchas de las luces interiores que, hasta entonces, habían estado ocultas tras la protección de la pantalla y que, ahora,  ni esa tenue tiniebla de las volutas mentoladas de su cigarro, pudieron desdibujarlas.

           Verde y oro. Así fue ese paseo de media tarde entre las hojas aún vivas de los árboles que se cruzaron y los muros dorados de todas las calles. Hubo tiempo para sentarse en la plaza y para seguir conociendo del otro.

           Verde y oro. Llegaron hasta el borde del río y sentados sobre la hierba verde que como un extenso y calmo mar se perdía hasta el horizonte otearon, en la otra orilla, la ciudad  que engalanada de sus mejores joyas parecía ir escalando hacia el azul del cielo.

          Verde y oro. Y el tiempo pareció detenerse cuando se vieron envueltos en aquella suave brisa. Las palabras que brotaban en la mutua conversación se trenzaban en el aire mientras él disfrutaba de aquella escena única en que el sol iluminaba el cabello de ella volviéndolo invisible de puro brillo y, a la vez, arrancaba destellos que manaban, sin pudor, de aquellas esmeraldas situadas bajo sus cejas. No supo cómo pero él logró, sin cámara, fotografiar aquella escena para el recuerdo.

          Verde y oro. El sol cayó como todos los días y los colores se fueron confundiendo en una misma tonalidad oscura. Ahora fue en una pizzería donde el tono amarillo de las paredes combinó con los ingredientes verdosos de la pizza.

           Verde y oro. Todo termina hasta las horas que, en principio parecen largas, acaban devoradas por el paso del tiempo y aquel día llegó a las doce siendo enterrado sin sepultura material. Cuando él cerraba los ojos, ya recién aupado en el día siguiente, parecía que una niebla hubiera blindado sus recuerdos, todo salvo unos destellos que asomaban, acrecentándole el ánimo, en tonos verde y oro.