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         Me encanta cuando octubre se cuelga del calendario. Esos días que se desperezan con cierto esfuerzo, como si les costara amanecer y alientan con su recuperada brisa fresca la actividad cotidiana paralizada en los meses de estío. Disfruto con los rayos de sol, tamizados en caricias, que se posan suavemente sobre la piel y con ese tizne ocre y amarillo con el que comienza a engalanarse la naturaleza. La desnudez de los árboles de esqueléticas ramas y que adornan el paisaje con un cierto tenebrismo. Los cielos coloreados por las primeras nubes que derraman gotas de vida sobre los terrones anhidros tras el verano. Esa algarabía escolar que se inicia, descanso providencial de padres y que cada año hace que me invada la nostalgia infantil de olor a goma de borrar y lápices de madera. Saborear ese adelanto de las horas de la noche en el refugio del calor hogareño, envuelto en humo de asar castañas, y pasear cubiertos al abrigo acogedor de la primera chaqueta,

           En este mes me duele arrancarle cada día una hoja al almanaque. El transcurrir de estos días me gusta tanto que me  deleitaría con que todo el año fuera octubre.