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          Cuando Nicanor terminó de arreglar los geranios, se llenó un vaso de ginebra y se sentó en el salón a ver la televisión. Algo desvió su vista de la pantalla… ¡No le gustaban aquellas plantas que estaba viendo! Eran feas y nada vistosas.

            Llevaba años en que era consciente de eso, pero aquella obsesión se le había acentuado durante las últimas semanas. ¡Estaba harto de verlas! Y no sabía si sería una ocurrencia suya, pero le parecía que, con aquella intermitente agitación con la que se movían,  se burlaban de él. No lo pensó más y dejando el vaso sobre la mesa de cristal, sin importarle el cerco que formó en la superficie, pegó un salto para dirigirse a donde tenía guardadas las tijeras de podar. Sin pararse a reflexionar lo que su mujer pensaría de todo aquello, decidió que tenía que cortarlas…Y menos mal que aquellas plantas…, de los pies de su mujer, lo vieron venir, fueron veloces y salieron, acompañadas del resto del cuerpo, a la calle a pedir ayuda.

        Aquella primera noche que durmió en el siquiátrico lo hizo relajado, mientras pensaba que aunque no le había dado tiempo a cortarlas, al menos, pasaría una buena temporada sin ver aquellas horrorosas plantas.